Pena de MUERTE para la sociedad

Por: Eunice Ferreyra

«Te estábamos esperando por violador y asesino», le dijeron los internos de ´Maranguita´(Centro Juvenil de Diagnóstico y Rehabilitación) antes de golpear al adolescente que violó y asesinó a Camila, una niña de 5 años, en Independencia.

Primero quisiera traer a sus memorias los últimos comentarios que han leído, escuchado o pensado sobre este joven de 15 años y su siniestro delito. ¿Cuántos apoyan la pena de muerte en violadores? ¿Cuántas veces han oído un «ojalá le hagan lo mismo»?

Las noticias en radio y televisión le han quitado la identidad a un menor de edad, llamándolo desde «enfermo» hasta «monstruo»; mientras que la sociedad continúa considerando la crueldad física y sexual como «el correazo» que el delincuente necesita para «cambiar». Pero ¿por qué fue Camila una víctima potencial para el violador? ¿por qué disfrutamos hablar morbosamente sobre tortura? y sobre todo ¿Es la muerte una condena justa y la violencia sistemática la herramienta correcta para modificar conductas delictivas?

En primer lugar, Camila no es ni ha sido la única niña que ha sufrido violencia sexual. De los 18,466 casos atendidos solo en enero del 2020 en el Centro Emergencia Mujer (CEM), 1,084 víctimas son niños y adolescentes de 0 a 17 años. Conviene subrayar entonces dos factores que contribuyeron al hecho de que Camila fuese una potencial víctima:

1. La violencia familiar ha mantenido y perpetuado las relaciones de poder entre individuos que comparten el mismo entorno social, modificando no solo la forma de comunicación entre sujetos con mayor autoridad social hacia quienes no poseen aún autoridad simbólica. Por ejemplo: Los padres y familiares normalizan la agresión verbal hacia los niños porque tienen la potestad sobre ellos. También sostiene una visión reduccionista de las capacidades y derechos de un niño (ejemplo: Se ha justificado la agresión física como único medio de que un niño «entienda» lo que se le intenta decir, porque al fin y al cabo es pequeño y por tal, no es capaz de discernir como un adulto).

2. Aunque cueste admitirlo, Camila no solo fue vulnerable por ser infante, lo fue también por ser mujer. En efecto, 15,855 victimas de violencia familiar y sexual son reportadas mujeres según el Ministerio de la Mujer y Poblaciones vulnerables. De hecho, parte de la declaración del menor que asesinó a Camila indica que tenía el deseo de «hacerle daño». Daño que, como se corroboró, implicaba violarla. ¿Acaso no es la violación una dinámica violenta de abuso de poder?

En definitiva, la violencia que se origina dentro del hogar y el machismo imperante en nuestra sociedad consiguen construir nuestra percepción sobre la violencia como un derecho a ejercer, según la figura de autoridad que representes y que te brinde la libertad de realizar: del Estado al ciudadano, del hombre hacia la mujer, del jefe al trabajador, del esposo hacia su pareja, de la esposa hacia el hijo y del hijo hacia un niño. Un círculo vicioso de violencia sistemática que golpea a todos en cierta magnitud y asesina a las figuras más vulnerables en nuestra sociedad: las mujeres y las niñas como Camila.

En segundo lugar y como consecuencia de la primera, la violencia deja de presentarse como un fenómeno social que perjudica diversos entornos intergrupales (como la familia y la relación estado-ciudadano) para convertirse en una problemática popular que no merece la atención que demanda. De ahí que los principales medios de comunicación utilicen (sin regulación alguna) la violencia verbal, física y hasta sexual para amenizar los programas familiares que llegan a los hogares peruanos mediante la radio y la televisión. Es muy probable que esa sea la razón por la que los cientos de casos de violencia sexual no hayan sido visibilizados ni atendidos por el Estado. Por el contrario, como respuesta «efectiva» hacia la indignación popular, el presidente Vizcarra plantea la pena de muerte como una condena justa y efectiva contra los violadores, desviando así la atención del problema social hacia un individuo en particular. Qué fácil es lavarse las manos ¿no?

Esta medida es populista que alimenta el sensacionalismo de la prensa amarilla se encarga no solo de exponer la violencia de manera explícita, también fue responsable de establecer la culpabilidad en la madre más que en el agresor. Es increíble como por muchos días, se le eximió de culpa al responsable del asesinato, demostrando una vez más que violar y matar a una mujer en este país no deja estrago alguno de culpa social o de señalamiento público. Visto de esta manera, se entiende por qué existen en mayor cantidad casos de feminicidios, así como violencia sexual y física en mujeres que en varones: si la justicia peruana continúa negociando la vida y la dignidad de nuestra compañeras, si la prensa se victimiza, si a la sociedad le importa más buscar un culpable que hacerse responsable de las potenciales víctimas, si al Estado le preocupa más erradicar al individuo que educar a sus ciudadanos.

Por último, quisiera volver a traer al presente texto las declaraciones de los jóvenes que se encuentran recluidos en un centro de Diagnóstico y Rehabilitación, del que se supone, se les deriva para reinsertarlos en la sociedad como adultos funcionales; demostrando una vez más cómo el aislamiento social y la indiferencia Estatal no ha recuperado ni un céntimo de dignidad ni humanidad en quienes aprendieron que en la sociedad, no importa el individuo, solo la condena.


* Eunice Ferreyra: estudiante de psicología, investigadora social, activista en Colectivo Feminista UPN y bombero voluntaria.